sábado, 24 de marzo de 2007

Memorias de un librero

Erase una vez...
En la memoria de todos, y digo bien, en el momento en que estamos siendo creados como nuevos humanos con capacidades (pensar, elegir, decidir, optar, ser...), si hurgamos un poquito en lo que podríamos llamar "nuestra esencia", hallamos un objeto rectangular las más de las veces, con unas manchas sobre su superficie lisa, unos colores, una textura, un aroma. Y recordamos gratamente haberlo cogido, notado su volumen, su peso, su urdimbre, y habérnoslo llevado a nuestros ojos con ansias. Sin saber exactamente de qué. Con regusto de llevar a cabo una osadía, un atrevimiento, un algo mágico que se deja llevar a nuestro interior arcaico, pasado, añejo de obtusos recuerdos. Y miramos en su interior, siempre preñado, siempre pleno, y lo devoramos, sí, como aquel bocadillo que mamá, siempre mamá, preparaba con la ternura que solo ella sabía otorgar a un acto tan monótono como es el manchar un trozo de pan con aceite y añadirle una ración de algo. Y el atrevimiento pasa a ser ocio y el ocio costumbre y la costumbre manía y la manía la certeza de que lo estoy haciendo bien y que quizás, sólo quizás, consiga ser un poco más feliz.
Gracias por leer.

1 comentario:

Manuel Francisco Montijano Egea dijo...

Esos rectángulos a los que se refiere Vicente, que, a veces, a algunos, les sirven tan solo para decorar la estantería principal de su vivienda, si lo pensaran dos veces o tres, o cuantas veces haga falta, los leerían, pues producen sensaciones difíciles, también "a veces", que no se puede comparar con lo que nos producen las imágenes. Las palabras nos crean imágenes interiores que, por mucho que quieran, no produce el mercado audiovisual. Porque no es que los libros sean caros, es que están abandonadois en, por ejemplo, nuestra infrautilizada Biblioteca Pública de Orihuela.